Hay acuerdos que son difíciles de romper. Y José Alperovich tiene uno que asumió mucho antes de que Cristina Fernández se convirtiera en presidenta de la Nación. Fue con Néstor Kirchner. Y sigue vigente. El gobernador ha gozado de los años de vacas gordas del kirchnerismo. En una Argentina tan pendular, los tiempos buenos se acaban y, a veces, es necesario dar testimonio de gratitud, fe o compromiso. Cristina ha perdido gran parte de su caudal electoral en Tucumán. Alperovich lo sabe, pero prefiere no hablar del tema. A tal punto que las encuestas de opinión y de imagen son celosamente guardadas en el Palacio de Gobierno. En algún momento, la popularidad de la jefa de Estado había alcanzado el 65%. Veinte puntos de pérdida de la simpatía de los habitantes de esta tierra en menos de dos años llaman al silencio al mandatario, sobre todo, cuando esos mismos sondeos le dicen que siete de cada 10 tucumanos consultados por sus encuestadores aprueban la gestión provincial.
La clase media tucumana le ha dado la espalda a la Presidenta. Es la misma también que un día dice que castiga al gobernador por alimentar la presión fiscal pero, al mismo tiempo, cree que son pocas las opciones que tienen para cambiar de signo político al Poder Ejecutivo. Gran parte de la culpa en este razonamiento la tiene la oposición que no supo y aún no sabe cómo hacer frente a una administración que se ha montado en miles de millones de pesos para consolidar su poder político durante una década.
Desde la otra vereda, Alperovich contesta. Dice que jamás otros gobernantes han mejorado tanto el nivel de vida de los tucumanos como lo hizo su administración. Que pocas veces antes se construyeron tantas escuelas y hospitales como en estos 10 años transcurridos en la era alperovichista. Cristina necesita de José y viceversa. La reelección siempre sobrevuela el pensamiento oficialista. El "vamos por todo" es una concepción propia de la necesidad de perpetuarse en el poder. Por eso, las elecciones parlamentarias adquieren un cariz especial para el cristinismo. Saben que de ese resultado dependerá el futuro del proyecto político K. Y mientras más kirchneristas o aliados se sienten en el Congreso, más cerca estará la reforma de la Constitución.
Alperovich cavila. Intenta encontrarle respuesta a una elección que, si fuera por él, sería una más, que nada le aporta a la administración provincial, más allá de la recurrente idea de que se trata de un plebiscito de legitimidad. No puede sacar los pies del plato. En público suele contestar que aún no está definida la lista de candidatos a diputados nacionales que presentará en los comicios de octubre. Espera el llamado de la Casa Rosada. Tal vez esta semana haya novedades. En el medio de ese mar de dudas, corren los rumores. Se dice que existe la posibilidad de que el intendente Domingo Amaya sea el hombre indicado para encabezar la nómina oficialista. También que "La Cámpora" copará la parada y se quedará con los principales lugares de la boleta.
Pero, ¿qué sucedería en el caso de que ninguno de esos postulantes le garantice a Cristina una victoria rotunda en las urnas? Es allí donde radica la preocupación del gobernador. Nadie puede descartar que los afiches del Frente para la Victoria tengan una leyenda que rece "Alperovich 2013". En parte por esa natural reacción política de demostrar que se tiene todo el poder. En parte, también, porque el propio gobernador debe dar testimonio de su alineación al proyecto "nacional y popular". Por esa razón en el silencio de su despacho de la Casa de Gobierno, el gobernador suele preguntarse, a cada momento: "y si el candidato soy yo..." En ese esquema, Alperovich puede llegar a convertirse en un candidato testimonial. Nada está descartado.